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Motorización

Diésel, gasolina o eléctrico: las cuentas

8 min. de lectura

La pregunta no tiene una respuesta general, pero sí se puede calcular. Hay cuatro factores decisivos: tu kilometraje anual, tu perfil de conducción, si puedes cargar en casa y cuánto tiempo quieres quedarte con el coche.

Los cuatro factores

Antes de plantearte cualquier motorización, necesitas tus propias cifras. Están en el libro de mantenimiento y en el último informe de inspección: el kilometraje dividido entre los años transcurridos desde la primera matriculación da tu kilometraje anual real, y en la mayoría de los casos es inferior al que uno calcula a ojo.

  • Kilometraje anual: menos de 10.000, entre 10.000 y 25.000, o más.
  • Perfil de conducción: sobre todo trayectos cortos por ciudad o sobre todo autopista.
  • Posibilidad de cargar en casa o en el trabajo: sí o no.
  • Tiempo que piensas quedarte el coche. Por debajo de tres años, la depreciación pesa más que todo lo demás.

Cuándo compensa un diésel

El diésel consume menos, cuesta más al comprarlo y su mantenimiento es más caro: el filtro de partículas, la recirculación de gases de escape y el sistema de inyección son partidas que un gasolina no tiene. Solo recupera ese sobrecoste a base de kilómetros. Desde hace años, la regla general sitúa el umbral en torno a los veinte mil kilómetros al año; por debajo, rara vez compensa.

El segundo punto es el perfil de conducción. Un diésel que hace sobre todo trayectos cortos nunca llega a limpiar bien el filtro de partículas: la regeneración necesita temperatura de funcionamiento durante un tiempo prolongado. Por eso, un diésel urbano no solo es poco rentable, sino también propenso a averías.

Cuándo compensa un eléctrico

La pregunta decisiva no es la autonomía, sino dónde cargar. Si puedes cargar en casa, pagas la tarifa doméstica y circulas por muy poco dinero. Si dependes exclusivamente de los cargadores rápidos públicos, pagas varias veces más, y las cuentas salen completamente distintas.

En la compra de segunda mano se suma un segundo factor: el estado de la batería. Es el factor individual que más influye en el valor y se puede leer con un equipo de diagnóstico. Comprar un vehículo sin ningún justificante del estado de la batería es jugársela, y encima con el componente más caro del coche.

Lo que casi siempre se olvida

La mayoría de las comparativas enfrentan consumo con consumo y se quedan ahí. Las partidas que de verdad marcan la diferencia están más abajo en la cuenta.

  • Depreciación. En un coche reciente es la partida individual más grande y suele superar con creces el gasto en combustible.
  • Seguro. La clasificación varía mucho entre tipos de motorización y entre modelos: pide un presupuesto antes de comprar.
  • Impuesto de circulación. Según el país y la región, se calcula por cilindrada, peso o CO₂, y las diferencias son grandes.
  • Neumáticos. Los vehículos pesados —y la mayoría de los eléctricos lo son— los desgastan más rápido, y sus medidas son más caras.
  • Mantenimiento pendiente. Un cambio de correa de distribución o una revisión grande a punto de tocar altera cualquier cálculo.

¿Y el híbrido?

Un híbrido convencional sin enchufe es económico en ciudad y no necesita infraestructura de carga: para trayectos cortos, a menudo es la opción más sensata. Un híbrido enchufable, en cambio, solo compensa si realmente se carga con regularidad; sin cargar, pasea una batería pesada y consume más que un gasolina comparable.

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